La novela “Matate, amor” (2012) de la autora argentina Ariana Harwicz fue llevada al cine en noviembre del año pasado (2025), dirigida por Lynne Ramsay (Tenemos que hablar de Kevin) y protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson. ¿Otra coronación de gloria? Por supuesto que sí. A partir de esta película, el libro circuló en boca de todos.
En Fluir de mí preparamos un club de lectura previo al estreno. Desde el primer encuentro surgieron charlas interesantes con respecto a este libro. Algunos confesaron haber abandonado la novela a mitad de camino, otros sintieron rechazo hacia la protagonista y, en parte, eso alimentaba la dificultad para la lectura. Gracias al club pudieron atravesar una obra que, por su crudeza, puede resultar difícil para quienes no buscan ese tipo de sensaciones. Mi recomendación personal es que este texto se disfruta mejor estando enojados.
¿Qué nos sucede como lectores a la hora de enfrentarnos a esta novela?
En principio es una novela muy breve, tentadora para quien quiera acercarse. Alrededor de cien páginas que con una lectura de diez a veinte por día la terminás enseguida. Tiene un ritmo rápido y frenético que se da a partir del diálogo interno de una primera persona. Aun así, la voz narrativa adquiere una densidad que desafía al lector. Nos encontramos frente a un discurso muy honesto, bastante violento, pero con una carga poética admirable. Quien nos narra es una mujer escritora que vive con su marido en las afueras, una especie de campo en el extranjero. Ella recientemente acaba de ser madre. Pareciera que toda la novela gira en torno a una depresión posparto, pero hay algo más. Debajo del mandato y el no querer ser madre, no poder escribir, aparece el limbo entre el querer hacer algo y no querer hacer nada.
Dentro de la teoría narratológica que propone Gérard Genette en Figuras III (1972), y que retomamos en los talleres de Fluir de mí, distinguimos dos niveles fundamentales presentes en todo texto: el nivel de la historia, que abarca todos los acontecimientos de la vida de un personaje, pluridimensional y de carácter abstracto; y el nivel del relato, es decir, el nivel material que puede ser una novela o el cuento que estamos leyendo. Se trata de un recorte de esos acontecimientos.
Ariana Harwicz, eficazmente, nos propone un tramo muy particular de la vida de este personaje, mujer de la que nunca sabemos su nombre, pero conocemos hasta sus más íntimos pensamientos. No tenemos demasiada información de su pasado salvo algunas escenas que no hacen más que intensificar la confusión de su estado y, por lo tanto, el nuestro como lectores. De su futuro tampoco. No se ve más allá, y tampoco puede. ¿A qué se debe este recorte? Es un gran artificio que la autora utiliza para mantenernos dentro del limbo de la incomodidad, de una cabeza sin sentido en la que nos encontramos atrapados, sofocados, irritados. Del mismo modo, la novela se organiza en capítulos breves como pequeños fragmentos de una cronología, a veces un tanto distorsionada. Y así es como vemos reflejada la forma de pensar de la protagonista. Este recurso no es casual. En una entrevista, Harwicz comenta que escribió la novela no solamente estando embarazada, sino que además la continuó teniendo a su hijo en brazos. La extensión de los capítulos está atravesada por las interrupciones de los llantos de su bebé. En este caso, la autora utilizó esta situación a su favor, lo que tal vez su personaje no pudo. Un personaje que se encuentra entre la espada y la pared, en el que no solo se golpea contra la pared, sino que también se clava la espada: quiere matar a su marido, a su bebé, a sí misma. La pulsión de muerte, la destrucción de su cuerpo y el acercamiento a la naturaleza construyen un campo semántico muy singular.
En la película fueron muy astutos porque ¿cómo reflejar un monólogo interno tan intenso y autodestructivo? A través de la naturaleza. La tensión se refleja en el sonido del campo, el silencio de las madrugadas, el zumbido de las moscas de un lugar tan aislado; las visuales reflejan una metáfora increíble por medio de la paleta de colores y los recortes de escenas. De esta manera podemos sentir lo que siente la protagonista a pesar de verla desde afuera, desde una tercera persona.
Grace (Jennifer Lawrence) —en la película sí tiene nombre— adopta actitudes del mundo animal, como si el instinto más salvaje del ser humano se convirtiera en refugio frente a la falta de respuestas que le ofrecen los mandatos culturales. El deber de madre le pesa, pero también el rol de mujer de ese hombre que la acompaña, y luego el de la sociedad que le dice que tiene que dedicarse a algo. Esa acumulación de obligaciones la conduce a un sinsentido extremo en donde nos preguntamos ¿cuál es la solución?
Y acá es donde aparecemos nosotros como espectadores de este relato: ¿qué pensamos de una persona que no puede salir de su autodestrucción? ¿La juzgamos? ¿Nos compadecemos? ¿Nos irritamos?
Por eso los invito a leer la novela y, por qué no, a mirar la película. Creo que lo más interesante es ver qué sentimientos nos dispara a la hora de enfrentarnos a este tipo de historias. Vuelvo a mi recomendación de que el enojo podría servir como un gran complemento porque es un sentimiento frustrante, donde nos sentimos impotentes ante algo. Es como una canción de heavy metal, en la que tal vez un domingo a la mañana nos pueda parecer muy ruidosa, pero un sábado a la noche puede ser exactamente lo que necesitamos.



